Con cada palabra que me hacía la psicóloga, mi corazón se ponía al mil por mil al recordar el miedo y la desesperación que pasaba en aquel lúgubre, oscuro y húmedo sótano sin nadie con quien hablar ni consolarme. Muchas veces me imaginaba que tenía amigos con los que podía interactuar y ser yo misma, como Marina. Era una chica traviesa ,atrevida y su aire misterioso me atraía a ella. Muchas veces jugábamos y literalmente digo jugábamos a cortar mi cuerpo huesudo y desnudo con un simple, afilado y ligero cuchillo, que era el único juguete que tenía en aquella jaula mental de donde me sentía extrañamente atrapada y de la que no podía escapar. Mi juego preferido era «el espejo encantado», bastaba con estar enfrente de un espejo con el cuchillo en la mano y cortarte una de las partes del cuerpo que más dolor sintiera, como eran en el interior de los muslos o incluso las muñecas, pero nunca terminaba el juego ya que me asustaba y me acurrucaba en una de las esquinas, incluso debajo de la cama donde encontraba un halo de tranquilidad. No sé por qué no me atrevía a continuar, si yo no quería seguir sufriendo como lo hacía, buscaba acabar con mi vida pero cuando tienes el arma en tu mano, pero tu alma aún lucha, todo se complica. Cuando abrí lo ojos la psicóloga me hablaba pero yo no le prestaba atención, no es que no quisiera es que estaba tan sumida en mis pensamientos que simplemente no podía concentrarme en otra persona que no fuera yo en mis pensamientos oscuros, en mis intentos de escapar; en cambio, me puse a mirar de lado a lado toda la sala, en mi retina parece que quisiera guardar cada uno de los escasos ornamentos decorativos que tenía. Era sobria, de color blanco con algunos perfiles grises que desdibujaban la puerta y la ventana. Por supuesto me fijé muy bien en la reja que tapaba la ventana y que impediría en cualquier caso que alguien intentara escapar. Era una estancia muy luminosa y Lo que más me llamó la atención fue un pequeño cofre colocado muy cuidadosamente en el filo de un pequeño armario, como si quisieran que lo viera, que me recordó aquellos momentos. Hacía poco tiempo del suceso en el sótano y poco antes de perder la razón recuerdo haber visto una caja perdida solo que aquella era un poco más grande pero contenía algo que me sorprendió mucho por aquel entonces. Tenía fotos de cuando fui por primera vez a la heladería, mi primer beso… No pude seguir mirando porque de repente un hombre de complexión ancha que vestía unos pantalones negros y una cazadora de cuero negra entró y fue a llevarse la caja. Intenté detenerle pero me pegó una patada en el costado y se la llevó consigo. No sabría decirte por qué lo sabía pero ese hombre enmascarado me quería muerta. Yo me quedé allí tirada en el suelo sin poder moverme. De repente escucho una voz y me despierto de aquel oscuro recuerdo. Es la psicóloga que me miraba con perplejidad juzgando silenciosamente cada pequeña parte de mi esquelético cuerpo. En ese mismo instante la mujer alza la vista y vió que la estaba mirando. Desaparece la cara de perplejidad y aparece su cara de sorpresa al saber que había salido que aquel recuerdo frío y traicionero. La psicóloga me dijo que podía coger y abrir la cajita que tanto había estado mirando. Me levanté lentamente con miedo a lo que podría encontrar. Llegué al sitio donde se encontraba. Al verla más de cerca se podía apreciar el pequeño dibujo de caracolas y olas del mar que se encontraba en la esquina inferior derecha ocultada por una ligera capa de suciedad, propia de no haberla limpiado hace mucho. Abrí la cajita y encontré una foto de una niña, parecía alta y muy delgada, de pelo castaño oscuro con una gran sonrisa y unos ojos grandes como el sol de color miel. Me recordaba a alguien… De repente la mujer se puso a gritar y balbucear ¡esa era mi hija!. Ahora recuerdo todo; Marina era mi mejor amiga, un día estábamos jugando, la reté al subirse al tejado, se resbaló y cayó al lago que había al lado de mi casa pero no quería que pasara nada. Sin pensarlo le grito a la mujer – no fue mi culpa, fue un accidente- le digo balbuceando y salgo corriendo de la habitación. A los pocos días me encuentran una pareja de ancianos ahogada en el mismo lago en el que Marina murió. No podía seguir cargando con la culpabilidad, pero, ya conseguí salir de aquella jaula mental y reencontrarme con Marina. Un año después se hizo el juicio contra la psicóloga que provocó mi muerte y fue condenada a diez años de cárcel y una multa que ascendía a doscientos mil euros por difamación sobre un acto, en este caso homicidio involuntario, de una menor y la incitación a la muerte de una menor de edad como soy o era yo (antes de estar muerta). Aunque yo le estaré eternamente agradecida pues me ayudó a hacer lo que nunca antes pude, suicidarme. Antes de que me secuestraran me diagnosticaron leucemia, cáncer en la sangre, por ende me daba igual morirme en ese cuarto solo buscaba dejar de sufrir y gracias a ella lo conseguí.